Nänie – Johannes Brahms

publicado en: Blog | 1

Auch das Schöne muß sterben! Das Menschen und Götter bezwinget, Nicht die eherne Brust rührt es des stygischen Zeus.
Einmal nur erweichte die Liebe den Schattenbeherrscher, Und an der Schwelle noch, streng, rief er zurück sein Geschenk.
Nicht stillt Aphrodite dem schönen Knaben die Wunde, Die in den zierlichen Leib grausam der Eber geritzt.
Nicht errettet den göttlichen Held die unsterbliche Mutter, Wenn er, am skäischen Tor fallend, sein Schicksal erfüllt.
Aber sie steigt aus dem Meer mit allen Töchtern des Nereus, Und die Klage hebt an um den verherrlichten Sohn.
Siehe! Da weinen die Götter, es weinen die Göttinnen alle, Daß das Schöne vergeht, daß das Vollkommene stirbt.
Auch ein Klaglied zu sein im Mund der Geliebten, ist herrlich; Denn das Gemeine geht klanglos zum Orkus hinab.

¡También lo bello debe perecer! Lo que a hombres y dioses subyuga no conmueve el rígido pecho del Zeus estigio 1.
Sólo en una ocasión el amor ablandó al señor de las tinieblas, y estando todavía en el umbral, revocó él su regalo2.
Tampoco Afrodita pudo sanar del hermoso muchacho3 los desgarros que en su delicado cuerpo el atroz jabalí causó.
Tampoco al divinal héroe4 salvó su inmortal madre, cuando, caído junto a la puerta escea, cumplió su destino.
Mas ella surgió del mar con todas las hijas de Nereo5, y elevó un canto de duelo por su glorioso hijo.
¡Observad! Que los dioses lloran, lloran las diosas todas, que se marchita lo bello, lo perfecto fenece.

1 El Zeus estigio es Hades o Plutón, hermano de Zeus y Poseidón, a quien en el reparto del gobierno del mundo tras la derrota de Cronos y los Titanes le correspondió el mundo subterráneo. El epíteto proviene de la laguna Estigia del mundo subterráneo y de los muertos.
2 Alusión al mito de Orfeo y Eurídice; tras la muerte de Eurídice, su esposo, el divino músico Orfeo bajó al Averno u Orco para con el poder de su música lograr que Hades le permitiera el regreso de su esposa con él al mundo de los vivos. Hades puso como condición que Orfeo no volviera la vista a su esposa durante el retorno al mundo de la luz. En el último tramo Orfeo no pudo resistir el temor a que ella no estuviera tras él y volvió la mirada para ver sólo el cuerpo de su esposa cayendo a las profundidades del Averno.
3 Se trata del joven Adonis, fruto del amor incestuoso del rey Ciniras de Esmirna con su hija Mirra. Su belleza era inigualable y hasta Afrodita se prendó de él. Pero Artemisa, enojada con Afrodita, envió un jabalí que destrozó con sus colmillos al joven. Las versiones son muy variadas y hasta se le considera un dios de origen oriental.
4 Naturalmente, se trata de Aquiles, el hijo de Tetis y Peleo, protagonista de La Ilíada de Homero y que según la tradición cayó muerto en la puerta escea de Troya herido en el talón, su único punto vulnerable, por una flecha de Paris, el príncipe troyano que raptó a Helena.
5 Nereo es una de las divinidades marinas primigenias, hijo de Ponto y Gea; tuvo de la oceánide Doris cincuenta hijas, entre las que se encuentra Tetis, madre de Aquiles y destinada a engendrar un hijo mucho mejor que su padre, motivo por el que Zeus tuvo que evitar trato carnal con ella.

Dentro del repertorio que actualmente tiene en preparación el Coro Manuel de Falla de Sevilla figura esta preciosa composición coral de Johannes Brahms con la que el músico honró la memoria de su amigo el pintor Anselm Feuerbach, fallecido en 1881. El texto elegido fue un poema de Friedrich Schiller que el gran compositor de Hamburgo utiliza para crear, como es habitual en él, una obra romántica con una estructura clara y próxima, como el poema, al clasicismo. 

Orfeo
Juicio de Paris, obra de Anselm
Anselm Feuerbach

Esta simbiosis del texto clásico y las pinceladas románticas, aderezada con una tonalidad mayor, en Re, e interrumpida a la mitad por el più sostenuto en Fa#, dota a esta composición de un optimismo plenamente acorde con su intención de transmitirnos un mensaje de esperanza más que de dolor..

Esa idea es tan poderosa que el público capta, ya desde la extensa introducción instrumental y la exposición del tema por las sopranos, que no estamos ante nada parecido a un Requiem.

Porque Nänie no pretende reconfortarnos con la idea de que el espíritu del ser querido que se marcha descansa en brazos de un creador benévolo que nos concede su amor y su paz, sino hacernos ver que el ciclo natural de un espíritu noble no es el de desaparecer sin más y dejar que toda la belleza que haya podido crear llegue a un final tétrico y oscuro, pues lo único que tiene asegurada la destrucción y el final inapelable es la bajeza y cuanto carece de nobleza (das Gemeine geht klanglos zum Orkus hinab).
Schiller hace suyo en su poema el hábito que tenían los escritores y pensadores de la antigua Grecia de utilizar el mito como un símbolo, en el sentido que symbolon tiene en griego: un objeto que el portador usa para ser reconocido. Así, igual que un viajero entrega a un amigo extranjero un objeto que lo reconoce como íntimo de su familia para ser recibido como tal en su casa, el mito es un valioso portador de una verdad reconocible en todas partes, y nos puede ayudar a encontrar acomodo en las residencias de los dioses. Si tenemos que creer a Platón, era habitual que Sócrates, antes de demostrar la verdad de un argumento filosófico, planteara a su antagonista una jocosa propuesta: “¿quieres que te lo demuestre con un mito (mythos) o con un razonamiento (lógos)?”. Y cuanto más absurdo fuera el mito, mayor era su poder simbólico o metafórico.
En esta clave debemos interpretar el poema de Schiller que Brahms utiliza para su bellísima oda musical. Son tres los pilares míticos que lo sustentan: la música (el mito de Orfeo y Eurídice), el amor (Adonis como efebo admirado, Eurídice como la queridísima esposa y Tetis como madre) y el kléos o la gloria de los logros humanos (representada por Aquiles, hijo de la diosa Tetis). Los griegos y las culturas míticas milenarias que sin duda están en la base de los mitos griegos no podían narrar estas historias sin tener siempre presente el afán innato en el ser humano por perdurar más allá de la muerte. Y que el cuerpo obviamente no podía trascender, por más que los egipcios trataran de revertir este implacable proceso, sólo dejaba al hombre la esperanza de que el hálito vital sí pudiera. Y esto es lo que vemos ya desde el comienzo de la literatura griega y, por ende, de la literatura occidental, cuando en La Ilíada los héroes caen a tierra y su espíritu (pneûma o soplo vital) se alza a los cielos llorando por abandonar un cuerpo joven y bello, o cuando en La Odisea Ulises baja al Hades para entrevistarse con el espíritu de Tiresias, el adivino, para que le muestre cómo retornar a Ítaca. Y aunque es verdad que la literatura griega está plagada de hechos terribles y que hay pocas esperanzas en el más allá, donde aguardaba al muerto un mundo de sombras, la mitología refleja un amor inquebrantable por la luz de la vida y por la belleza que los mismos dioses ponen generosamente a nuestro alrededor, belleza (das Schöne) que nos induce a replicar las creaciones divinas. Si no debemos concebir esperanzas en disfrutar de la belleza en el mundo de las sombras, gocemos de aquellos dones que nos harán superar toda la tristeza del mundo: la hermosura de un ser delicado como Adonis, capaz de seducir a la propia diosa de la belleza, la irresistible fuerza embriagadora de la música, única herramienta que puede romper las leyes férreas de la naturaleza, y el poder de la voluntad humana para exceder los límites impuestos por los dioses, capaz de causar su envidia (phthónos es el término griego) y sus celos. Porque la belleza en todas sus manifestaciones es lo único que puede hacernos trascender los límites impuestos al ser humano, y son los que pueden ganarnos la admiración de los dioses y de los hombres, tanto los de ahora como los venideros.

Cuando Brahms decide utilizar este poema y adoptar esta postura ante la muerte de su amigo, se compromete a envolver las palabras en un discurso musical sereno y dulce. Es exactamente la impresión que me produce el introito instrumental en andante y la entrada calmada de las sopranos, que a mí me evoca el canto fúnebre (Klage) de Afrodita cuando sale del mar acompañada de sus hermanas para honrar con su voz irresistible y celestial, como las sirenas, la muerte apoteósica de su hijo Aquiles, el modelo por excelencia de la nobleza griega; kalós kaì agathós, un hombre hermoso, tanto por su cuerpo como por su voz musical, y a la vez fuerte, valiente y noble, cuya vida será cantada por los hombres venideros, que lo verán como un modelo a imitar. Creo que estas voces de las sopranos, seguidas por el resto de cuerdas en un canon solemne y sosegado a un tiempo, son las Naeniae que Schiller evoca en el título del poema. Si Hades es un dios severo, inconmovible, que espera a las almas en el mundo subterráneo, las diosas romanas Naeniae fueron concebidas por la mentalidad itálica para representar ese sentimiento de pérdida y esperanza para el alma que emprende su último viaje. Igual que Jano era el dios que abría paso al año y a la vida, a las Naeniae se las vinculaba al cierre del ciclo y al final de la vida, siempre acompañando al finado con un canto sereno, como termina esta obra de Brahms. Con estos cantos de duelo musicales se recordaba al muerto que toda vida tiene su final, pero también que tiene su continuidad en el espíritu inmortal del que viaja y de los que se quedan, pero sobre todo si quien fallece ha dejado una huella indelebre.
Y este el es principio que anima toda la composición de Bramhs, un coro de diosas acompañando el canto de duelo. Los pasajes míticos están todos expresados con una mesura y un equilibro admirables. El gran músico subraya musicalmente las ideas principales que desea transmitir: la serenidad de los bajos cuando exponen los motivos centrales del mito de Orfeo y Eurídice: el amor del músico divino Orfeo, el esposo de Eurídice, o la crueldad de Hades, que no consiente que Orfeo pueda recuperar a su amada esposa Eurídice. La vida desciende a la muerte envuelta en el poder de la música y del amor. Die Liebe, exclaman con fuerza los tenores mientras las contraltos nombran al cruel dios de las sombras (Schattenbeherrscher) que separa a los amantes. A continuación surge una entrada serena de los tenores y bajos que se convierte en una melodía dulcísima cuando repiten los acordes las contraltos y sopranos para el motivo de la belleza de Adonis, capaz de subyugar a la propia Afrodita, diosa muy poco pródiga en amores con mortales. Pero la belleza de Adonis es capaz de embriagar a las propias divinidades, como Títono a Eos, diosa de la aurora, o Narciso a Eco. Esta dulce melodía se interrumpe con la aparición del jabalí que desgarra la carne del joven efebo y la música brevemente adopta un ritmo frenético, que a su vez deja paso a una explosiva aparición del grandioso Aquiles, que va a cumplir su destino mortal junto a la puerta más conocida de Troya, la puerta escea. El fortissimo con el que el coro expresa la caída del héroe (sein Schicksal erfüllt) deja paso, con cambio de tonalidad incluida, a un pasaje de indescriptible belleza donde el coro, casi al unísono, describe la divina aparición de Tetis y las Nereidas saliendo del mar cual sirenas cantando una maravillosa canción de duelo por el héroe de los pies ligeros. Sigue en la misma tonalidad con una repetición a veces atormentada de la sentencia con la que se inicia la obra: por mucho que duela a dioses y hombres, la belleza acaba desapareciendo, y perece sin remisión. Así lo sugieren las reiteradas repeticiones cortas y sentenciosas: Das Schöne / Das Volkomene stirbt. Sin embargo, la tercera parte, a modo de epílogo, expone retomando el tempo y la tonalidad en Re iniciales el mensaje que Brahms quiere trasladar a Anselm. Con la serenidad del comienzo las sopranos sentencian que una canción de duelo (ein Klaglied = Naeniae) en labios del amado es algo glorioso (herrlich), y creo que esta palabra, que se repite varias veces y que pone fin a la obra en un precioso acorde de Re, es la clave de todo el poema coral.


Como una canción de cuna, el compositor tiende una suave mano sobre los párpados del pintor querido, al que abraza el sueño de la muerte, pero es un sueño glorioso, porque Anselm deja tras de sí la gloria de toda la belleza que su pintura ha entregado al mundo, y su marcha, como la de Aquiles, ha contado con el homenaje que la música del amigo ha podido aportar a su gloria. Ambos son dignos de ser recordados y por ello adquieren el derecho a la gloria inmortal. Es lo que los griegos más admiraban en un ser humano: el don de ser intermediarios de los dioses para fascinar a los pobres mortales encerrados en el hastío de lo mundano. Los griegos denominaban a un hombre así theîos anér u hombre inspirado por los dioses. Anselm y Brahms no pueden morir del todo, porque el Coro Manuel de Falla y sus integrantes, entregados a la belleza de la música, experimentamos un placer enorme cuando preparamos esta preciosa obra y soñamos con lograr que quienes nos escuchen se sientan también atraídos por esta fuerza tan poderosa como el cinturón de Afrodita, capaz de adormilar y acunar a las águilas que flanquean el trono de Zeus, como decía el poeta Píndaro. Disfrutar de esta obra es el mejor homenaje que les podemos hacer a estos divinos hombres de las Musas que no se han resignado a que la belleza perezca con la muerte en el reino sombrío de Plutón.

Seguir Ángel González:

Últimas publicaciones de

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *